Dentro, las lámparas de cristal centelleaban sobre los suelos de mármol. Todo exudaba elegancia y lujo. Los clientes, envueltos en pieles y con bolsos de diseñador, paseaban con seguridad.
Pero en cuanto Don Mateo cruzó el umbral, el ambiente cambió. Dos dependientas tras el mostrador intercambiaron una mirada cómplice; una esbozó una sonrisa burlona, la otra soltó una risita ahogada.
Sus ojos recorrieron sus vaqueros descoloridos y los zapatos pequeños y gastados de Lupita.
«Señor, puede que se haya equivocado de tienda», gritó una de ellas lo suficientemente alto para que todos la oyeran.
Unas cuantas risas estallaron desde el fondo del local. Mateo se puso rojo como un tomate. Apretó la mano de su hija y fingió no oír nada.