El más mínimo intento de moverme me provocaba un dolor sordo y difuso, como si todo mi ser se hubiera transformado en una herida. Me zumbaba la cabeza, pesada, congestionada por la arena húmeda y helada.
Estaba postrado en cama, exhausto, intentando comprender qué había sucedido y por qué el mundo se había reducido a los confines de esta habitación impersonal.
Oí voces a través de la niebla que me envolvía.
Una, tranquila y profesional, sin duda pertenecía a un médico:
«La presión arterial sigue bajando. Prepare otra jeringa».
Y entonces, otra voz. Fría, cortante, metálica. Una voz que habría reconocido en cualquier parte.
«Doctor, no tiene sentido que malgaste sus fuerzas. Créame: después de esto, no le servirá de nada».