Madeleine sintió un nudo en la garganta. Esbozó una leve sonrisa, sin decir palabra. Algunas lecciones, pensó, no necesitan ser explicadas para ser comprendidas.
Y en algún lugar, en una torre de cristal bañada por la luz matutina, Harold Davenport contemplaba la ciudad con una leve sonrisa. No la había destruido; le había dado lo que ningún contrato podía comprar: una conciencia restaurada.
Porque al final, el poder se desvanece, el dinero circula, la reputación se desvanece.
Pero el respeto, cuando se da incondicionalmente, dura más que una fortuna.