
Para confirmar esta hipótesis, analizaron datos del Estudio a Largo Plazo sobre el Envejecimiento y la Demencia, iniciado en 1997. El estudio involucró a casi mil hombres y mujeres mayores de 65 años, cuya salud fue monitoreada hasta su fallecimiento, tras lo cual sus cerebros fueron enviados para estudio científico. La mayoría de los participantes se sometieron a actigrafía cada dos años a partir de 2005. Las personas llevaban un dispositivo las 24 horas del día que registraba todos sus movimientos a intervalos de 15 segundos. Esta información fue utilizada por el grupo de Saper para evaluar el sueño cualitativo y cuantitativo de las personas mayores.
Los científicos estudiaron los cerebros de 45 participantes fallecidos (la edad promedio al fallecer fue de 89,2 años y el 71 % eran mujeres), determinando el número de neuronas inhibidoras en el núcleo intermedio del hipotálamo y comparándolo con la calidad del sueño un año antes del fallecimiento. Los resultados confirmaron que estos datos se correspondían entre sí: a menor cantidad de neuronas inhibidoras en el hipotálamo, peor era la calidad del sueño. Los participantes con mayor número de estas neuronas (más de 6000) pasaron más de la mitad de la noche inmóviles, lo que indica un sueño profundo. Las personas mayores, cuyas neuronas inhibidoras en el hipotálamo eran menos de 3000, tuvieron un sueño corto e intermitente.