La conciencia humana se basa en la comunicación entre las personas, se desarrolla con la experiencia vital individual y está asociada al habla. La conciencia no es una función hereditaria. Solo se hereda la posibilidad de que surja en la sociedad mediante ciertas formaciones cerebrales. Por lo tanto, la conciencia es un producto del cerebro y de la vida social de una persona. Una de sus características es que no solo refleja la realidad, sino que también permite crear objetos que satisfagan sus necesidades y modifiquen las condiciones de vida.
La conciencia abarca todas las formas de actividad mental: sensación, percepción, imaginación, atención, pensamiento, emociones y voluntad. Se basa en el pensamiento concreto y abstracto. A partir de las necesidades biológicas, sociales e ideales, se forman el subconsciente (habilidades y patrones de comportamiento automatizados e inconscientes), la conciencia (conocimiento que se comunica a otros individuos) y la superconciencia (actividad creativa, comportamiento intuitivo).
La conciencia es conocimiento que puede comunicarse a otras personas mediante palabras, imágenes y obras artísticas. La consciencia se materializa en el cerebro, en particular en la corteza cerebral, el sistema límbico y la formación reticular del tronco encefálico. Esta última materializa el componente energético de la actividad de la corteza cerebral.