

El primer pan, según la leyenda, se inventó por accidente. Un antiguo egipcio se preparaba para hornear un panqueque tradicional, pero se cansó y se quedó dormido, olvidando la harina mezclada con agua en el horno. Por la mañana, preparó el desayuno con la masa resultante y quedó maravillado por su suave sabor. A partir de ese momento, el pan comenzó a viajar por los continentes.
En las panaderías, uno se confunde: además del pan blanco y negro común, ofrecen panes con semillas, pasas, pipas de girasol, frutos secos, yodo, cebolla, verduras… Estos aditivos no solo aportan aroma y belleza, sino que también tienen propiedades medicinales. El pan rico en semillas es muy útil para enfermedades del sistema cardiovascular y la obesidad; el yodo se recomienda para enfermedades de la tiroides; y el pan rico en hierro para la anemia.
Los nutricionistas recomiendan, con razón, eliminar el pan blanco de la dieta, ya que contiene diversas grasas y azúcar. Se convierte rápidamente en glucosa en el cuerpo, que entra en el torrente sanguíneo, aumentando los niveles de insulina y, en consecuencia, el apetito.