




Perdí a mi abuela y a mi madre. Todos esos pensamientos y preocupaciones seguían sobre mis hombros. Así crecí. Nunca conocí a mi padre. Sé que tiene familia y que está sano. Nunca tuve el deseo de verlo. Quizás fue porque mi madre me amaba más que a nadie en este mundo. Nunca sentí la necesidad de un padre.
Viví en el hospital durante seis meses, estudiando de día y cuidando de mi madre de noche. No había ningún familiar cerca que me dejara ir a casa al menos unas horas, solucionar el problema de las medicinas, lavar la ropa, etc.
No podía ir a ningún lado del pasillo del hospital. Mi madre ya había desarrollado un carácter complejo y no podía estar sola. Durante esos años, las puertas de todas las casas de mis familiares me estaban cerradas. Y cuando cerré los ojos a mi madre, ese día les cerré la puerta a ellos, porque no tenía a nadie más preciado que perder que a mi madre.