

Alexander miró hacia la casa, donde Diana los observaba desde la ventana con una sonrisa de satisfacción en los labios. En un instante, todo se le aclaró. Se sintió afligido por Emily y, sin dudarlo, tomó una decisión que cambiaría la vida de ambos.
“Bueno, ya no”, murmuró en voz baja. “¿Y si buscamos un lugar donde realmente puedas sentirte como en casa?”
Emily parpadeó con incredulidad. “¿De verdad?”, susurró, como si temiera ilusionarse demasiado.
“De verdad”, confirmó Alexander, extendiendo la mano. Emily dudó un momento, luego la tomó, sintiendo el calor extenderse por sus dedos helados.
Mientras se alejaban, el vibrante mundo que pasaba por la ventanilla del coche comenzó a impregnar lentamente los sentidos de Emily. Observaba las calles con los ojos muy abiertos, agarrando su osito de peluche como si fuera un salvavidas. Alexander le habló en voz baja, preguntándole sobre sus cuentos y juegos favoritos, y pronto el coche se llenó de su vocecita.