GAZ

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Había diseñado la campaña de marketing para su inauguración cinco años antes, antes de que mis padres decidieran que mi especialidad eran las redes sociales y contrataran a una agencia carísima.

Conocía sus sistemas, su personal, sus debilidades.

Y lo más importante, algo que claramente habían olvidado:

Había guardado *todos* los archivos, *todos* los contactos, *todas* las credenciales de acceso para ese proyecto.

Porque eso es lo que hacen los buenos profesionales del marketing.

Mi teléfono no dejaba de vibrar: fotos de la llegada a Maui, fotos del resort, mensajes emocionados sobre las cenas de ensayo y las fiestas de bienvenida a las que no me habían invitado.

Cada notificación era un clavo más en su ataúd, aunque aún no lo supieran.

Pensaban que estaban celebrando la boda perfecta de Jessica.

Pensaban que habían logrado excluir a la chica “problemática” sin consecuencias.

Pensaban que simplemente aceptaría el insulto y desaparecería.

Abrí un nuevo documento en mi ordenador.

TÍTULO: **PROYECTO DE RETRIBUCIÓN**.

Entonces empecé a hacer llamadas, empezando por un antiguo colega de la Oficina de Turismo de Hawái que me debía un favor considerable.

A las 2:00 a. m., había hecho diecisiete llamadas y enviado cuarenta y tres correos electrónicos.

A las 4:00 a. m., había alquilado un jet privado con salida a las 6:00 a. m. y había finalizado todas las reservas necesarias.

A las 6:00 a. m., ya estaba en el aire, con mis archivos digitales cuidadosamente respaldados en tres nubes diferentes.

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