Y de la noche a la mañana, se convirtió en la heredera y única dueña de McMillan Freight Systems: la empresa, tres almacenes, una cartera inmobiliaria en el centro y una cuenta de inversión capaz de comprar media manzana en Manhattan al contado.
Nick lo había leído todo en un artículo online, despatarrado en el sofá del apartamento de su entonces novia en Miami. Una mano recorría la pantalla de su teléfono; la otra, distraídamente, rascaba la etiqueta de una botella de cerveza.
“Pobrecita… debe estar destrozada”, murmuró su novia mientras veía las noticias.
Nick, sin embargo, solo había oído una cosa: hija única. Heredera absoluta.
Era guapo, con una apariencia sencilla y estudiada, perfecto para selfis: alto, musculoso, su cabello oscuro siempre despeinado con arte para parecer “natural”. Durante años, vivió a merced de mujeres ricas: una dentista solitaria en Dallas que pagó sus deudas, una agente inmobiliaria divorciada en Atlanta que le regaló relojes, una gerente de hotel en Las Vegas que pagó su alquiler “mientras él se recuperaba”.