A las tres de la mañana, mi padre regresó con dos cafés y unas fotocopias.
“Cerrando cadena”, dijo. “El papel es más importante que el dinero”.
Al amanecer, la fiscalía ya había abierto una investigación. Un teletipo anunciaba: *La fiscalía investiga un intento de interferencia en la atención de una paciente en un hospital privado.*
Me puse la mano en el estómago. La bebé pateó fuerte. Por primera vez en horas, creí que podríamos salir adelante.
Unos días después, di a luz a una hija fuerte y perfecta. La llamé Grace. Un juez emitió una orden de alejamiento: una prohibición formal de separarme de la niña y visitas estrictamente supervisadas. Adrian primero intentó la seducción, luego las amenazas. Fue rechazado. El hospital y la fiscalía ya estaban en alerta máxima.
Finalmente lo confrontamos en una sencilla sala de conferencias, sin dramatismo, sin teatralidad. Adrian parecía más pequeño que nunca. Firmó un acuerdo que lo limitaba en todos los frentes: no más médicos manipulados, no más intimidación por dinero, no más contacto sin supervisión.