
Sino por una sensación extraña, casi palpable, como si un hilo imperceptible se hubiera apretado en mi pecho, listo para vibrar al más mínimo roce.
Diez años.
Diez largos años esperando este momento.
Durante diez años, como una araña paciente, había tejido mi tela en el corazón mismo de su negocio, tejiendo sutilmente los hilos de una vieja venganza en las austeras líneas de sus informes financieros.
“¿Qué quieres decir con *todo*, Oleg?” Pregunté con una voz perfectamente serena. Un espejo liso, sin una sola arruga. Coloqué suavemente el plato sobre la mesa. La porcelana rozó el roble con un suave susurro.
Finalmente se giró. En sus ojos brillaba un triunfo cruel y una irritación apenas contenida. Esperaba lágrimas. Gritos. Humillación.