El alboroto llamó la atención del capitán John Carter y su copiloto, Anna Reeve. Desde la cabina, siguieron la conversación con creciente interés. Finalmente, la voz tranquila del capitán se escuchó por los altavoces:
“Damas y caballeros, les habla su capitán. Por favor, regresen a sus asientos y abróchense los cinturones. Continuamos nuestro viaje a París, donde aterrizaremos en unas horas”.
Pero el hombre, abrumado por la urgencia de la situación, lo interrumpió:
“¡Capitán! ¡Debe aterrizar! ¡Los auxiliares de vuelo… no son lo que dicen ser!”
El capitán frunció el ceño. “Señor, por favor, cálmese. Todo está bajo control. No hay motivo para interrumpir el vuelo”.