Jamás olvidaré la mirada que me dirigió. Sonrió con una sonrisa tensa, desdeñosa y pequeña.
«Ah, una artista digital», dijo, como si le hubiera contado que hacía collares de macarrones. «Qué mona».
Luego volvió a su salsa, y ahí se acabó todo. Nunca me pidieron detalles. Nunca me preguntaron por mis clientes ni por la aplicación que estaba desarrollando con mis socios en Stanford. Lo único que vieron fue mi Toyota Camry de ocho años, que les había hecho creer que era un coche de alquiler.
Había mantenido mi éxito en secreto. Quería que me apreciaran por quién era, no por mi cuenta bancaria. ¡Qué error!
Mis ojos volvieron al documento que David había arrojado sobre el escritorio. Me temblaban las manos, pero ya no era miedo. Era rabia. Me obligué a pasar las páginas para leer los términos y condiciones. Lo que vi me dejó sin aliento.