


Emma regresó al muelle, libreta en mano. El sol brillaba sobre el agua, las gaviotas volaban en círculos. Pensó en las chicas que habían sido: hambrientas, llenas de sueños, compartiendo fideos bajo una sombrilla rota. La vida le había enseñado lecciones que ningún libro de contabilidad podía registrar: confianza, traición, resiliencia y renovación.
Su teléfono vibró. Número desconocido.
—¿Sigues llevando la cuenta? —preguntó una voz familiar.
—Sophie —murmuró Emma—. No te sorprendas.
—¿Dónde estás?
—Lo suficientemente lejos como para empezar de nuevo —respondió. Silencio, y luego: —Me enteré de tu firma. Felicidades.
—Gracias —dijo.
—¿Me odias? —Emma miró al horizonte.
—Ya no.
—Bien —dijo Sophie en voz baja—. Entonces estamos a mano.