


Nos quedamos así, contemplando las estrellas.
Recordé el tintineo de aquella primera noche, los miedos, los secretos. Y comprendí: a veces, la vida te derriba para obligarte a ver las cosas de otra manera.
Esa caída, la que parecía una maldición, fue en realidad nuestro doble renacimiento.
Anatole dejó atrás su sillón.
Y yo, mi condición de objeto, de moneda de cambio.
Aprendí que el amor no siempre nace de flores ni promesas, sino de heridas compartidas, de silencios que armonizan, de fortalezas que se alzan juntas.
Y desde entonces, cada vez que oigo pasos firmes en los pasillos de la mansión Beaumont, sonrío: clic, clic, clic.
El vívido sonido de una caída que cambió dos destinos para siempre.