Me sequé la cara con una toalla y sonreí.
—Te arrepentirás —dije con calma, no como una amenaza, sino como una verdad silenciosa.
En ese preciso instante, la puerta se abrió a mis espaldas.
Una voz grave resonó en la entrada:
—¿Evan? ¿Evan Hale, eres tú?
Todas las miradas se volvieron hacia él. Era Jonathan Reed, el principal inversor de mi padre, un multimillonario conocido por su implacable selectividad. Cruzó la habitación y me abrazó como si fuéramos viejos amigos.
Se hizo el silencio. Linda palideció. Mi padre se quedó paralizado.