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Cuando los llantos de Amelia resonaron en la cabina, Marcus notó algo que nadie más había visto. La niña no lloraba de hambre ni de cansancio; tenía miedo. Su mirada estaba fija en los ojos de buey, donde los relámpagos surcaban el cielo. Sin dudarlo, Marcus se levantó, ignorando la mirada suspicaz de la azafata, y se dirigió a la sección de los multimillonarios. Con voz suave, dijo:

«Señor, creo que tiene miedo a la tormenta. ¿Hay algo que pueda intentar?».

Richard vaciló. «¿Usted? ¿Quién es usted?», preguntó con escepticismo. Pero a medida que el llanto se intensificaba, la desesperación venció al orgullo. «Muy bien», respondió secamente. «Si puede calmarla, adelante».

Marcus se sentó frente a la niña y le dedicó una sonrisa tranquilizadora. Comenzó a tararear una melodía suave y rítmica. No era una rima infantil, sino una canción sencilla que su madre usaba para calmar a sus pacientes asustados durante sus turnos de noche. Unos minutos después, los sollozos de Amelia se convirtieron en suaves gemidos, y luego reinó el silencio. Toda la habitación lo miró con incredulidad.

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