


Arrojó una pila de documentos sobre la encimera de granito. El título me impactó como un puñetazo.
**“Solicitud de Disolución del Matrimonio.”**
“Firma los papeles, Clara.”
Representé mi escena final, con perfecto asombro.
“David… acabamos de comprar una casa.”
“Ya no te aguanto más”, anunció con frialdad. “Me hiciste un favor. Me conseguiste el depósito. Tienes una semana para hacer las maletas.”
Como en una mala obra de teatro, la puerta de la despensa se abrió de golpe. Margaret salió de su escondite, con los brazos cruzados, triunfante.
“El nombre de mi hijo es el único que aparece en la escritura”, declaró con veneno. “No aportaste nada. No eres nadie.”
David señaló los papeles.
“Firma.” Y lárgate de *mi* casa.
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## **Parte 3: La pregunta del millón**
Los observé.
David, con aire de suficiencia.
Margaret, en un éxtasis malévolo.
La casa vacía, espléndida, silenciosa: un monumento a su avaricia.