кин варорд

кин варорд

El aire de noviembre me cortaba los pulmones; cada bocanada de aire se me escapaba como jirones de papel blanco.

Solo tenía una bolsa de gimnasio, un abrigo demasiado ajustado para abrocharme y una pequeña vida que ya brotaba en mi interior.

Por la ventana de la cocina, vi a mi madre llorando, sin venir.

Mi hermano, en cambio, se cruzó de brazos con una sonrisa de satisfacción, como si hubiera ganado algo.

Bajé del porche sin mirar atrás.

En nuestro pequeño pueblo del Medio Oeste, las apariencias importaban más que nada.

Mi padre, diácono de la iglesia, tenía un apretón de manos que sonaba a sermón.

Vestía sus mejores galas como si fueran una armadura y recitaba versículos como leyes.

Pero cuando la vergüenza entraba en casa, sus principios se convertían en armas. Fue esa noche cuando comprendí lo vacía que puede ser una frase bien dicha cuando se usa para alejar a alguien.

Posted Under