

Pero la reacción fue inmediata. Filtraciones anónimas, peticiones de dimisión.
David descubrió que tres miembros del consejo estaban implicados y que un cuarto, aún desconocido, firmaba las órdenes secretas.
Durante una reunión de emergencia, me dirigí al consejo:
«Si hablo, la SEC escuchará. Si quieren, pueden sustituirme. El poder va y viene… pero la verdad permanece».
Al marcharme, David me sonrió.
«Acabas de encender la mecha».
«Ya veremos quién sale perjudicado», respondí.
Unos días después, los periódicos titulaban:
«El director ejecutivo se niega a dimitir en medio de un escándalo de corrupción».
Los empleados se reunieron en el vestíbulo con una pancarta que decía:
«La honestidad es nuestra fuerza».