Alisé mecánicamente los pliegues de mi vestido azul noche, el que siempre me ponía para las cenas familiares. Sencillo, discreto, un poco gastado, pero aún rebosante de recuerdos.
A mis setenta y siete años, ya no me preocupaba la moda. Sin embargo, aún me gustaba sentirme digna. La cena con Garrett estaba prevista para las siete, y tenía tiempo de sobra. El salón parecía respirar recuerdos: nuestras bodas de oro, la primera salida de pesca de Garrett de niño, las graduaciones de Toby y Rebecca.
Habían pasado quince años desde la muerte de James, y sin embargo, en algún lugar, aún podía oír su voz susurrándome la sabiduría del silencio.