


Una semana después, Adrian le dio una casita cerca del pueblo, no como un regalo, sino como una nueva oportunidad.
La ayudó a abrir su propia panadería, un sueño largamente acariciado. Jamie entró en una buena escuela y Adrian los visitaba cada fin de semana.
La noticia se extendió rápidamente por el pueblo. Quienes la habían menospreciado ahora hablaban de ella con admiración. Algunos incluso vinieron a disculparse, pero Elena simplemente sonrió.
Había comprendido que el perdón libera mucho más que el resentimiento.