


Cuando Daniel Carter salió de casa aquella gris mañana de martes, con la maleta en la mano y el teléfono pegado a la oreja, no tenía ni idea de que su esposa acababa de hacer historia. A las 6:47 en punto, Sarah Carter recibió un correo electrónico: un correo que la convertiría en una de las mujeres más poderosas del país.
Era la confirmación por la que había rezado durante quince años de insomnio: Carter Engineering Solutions acababa de ganar el Proyecto Nacional de Modernización de la Infraestructura, un contrato federal de 50 mil millones de dólares, el mayor de la historia de Estados Unidos.
Pero Sarah no lo vio. En ese preciso instante, estaba descalza en la cocina, aferrada a las facturas del hospital de su hija Emma en una mano y a los papeles del divorcio que Daniel había dejado sobre la encimera en la otra.