



Su bolsa de plástico estaba repleta de naranjas: su única forma de ganar unos dólares para comprar medicinas para su madre enferma. Cada golpe en la puerta era una plegaria. Cada negativa, una pequeña desesperación.
La mayoría la ignoraba.
Otros simplemente decían «no» y cerraban la puerta sin mirarla.
Pero Mary persistía, decidida. Su madre siempre le decía:
«Sigue adelante, cariño. Nunca te rindas».
Al final de la calle se alzaba una mansión como ninguna otra que hubiera visto: paredes de mármol blanco, grandes ventanales, un jardín lleno de rosas. Mary vaciló, con el corazón palpitando con fuerza.
Era un palacio de cuento de hadas, pero demasiado silencioso, como si nadie viviera allí.