Su bolsa de plástico estaba repleta de naranjas: su única forma de ganar unos dólares para comprar medicinas para su madre enferma. Cada golpe en la puerta era una plegaria. Cada negativa, un pequeño acto de desesperación.

La mayoría la ignoraba.

Otros simplemente decían «no» y cerraban la puerta sin mirarla.

Pero Mary persistía, decidida. Su madre siempre le decía:

«Sigue adelante, cariño. Nunca te rindas».

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